De Dorapa III
De Carlos Drag

En el derrotero lógico de la creación y acumulación -asociativa o no- de las costumbres, el ser humano ha ido tomando, transformando y olvidando unas en pos de otras. Pareciera que es el único que en el desenvolvimiento adaptativo de la doble convivencia: con el medio y con sus propios pares, está la plasticidad del cambio de la actividad y de la forma de actuación.

Las costumbres, en la observación de toda la cadena biológica -al menos desde el punto de vista evolutivo- es en el hombre donde toman una importancia trascendental y, dentro de la filosofía son estudiadas por la ética. Si bien la ciencia nace por el filosofar sobre el por qué, el para qué y el cómo -siendo, sin lugar a dudas, el por qué el ejecutivo de este triunviro- casi en conjunción con estas "contemplaciones" surge la prima hermana de lo que está bien y de lo que está mal; es más, a lo propiamente preguntón del por qué le antecede la preocupación de la acción correcta o incorrecta y esto ya no es tan propio del filosofar sino de la convivencia misma.

La sociedad humana, en su actividad, genera las acciones consideradas como buenas o como malas para el grupo: las buenas se deben enaltecer y emular y las malas se deben prohibir y censurar. Frente a cada hecho, entonces, se generará una acción correcta o una acción incorrecta; con el devenir de la repetición, por un lado se emparentará con la virtud y, por el otro, con el delito, pero que cualquiera de ellas formará costumbres. Y la "contemplación" sobre ellas, anterior a la filosofía misma, ya aparece en las primitivas teologías.

(Segmento del capítulo "De la palabra empeñada")